Por redacción

En las mesas de nuestro México lindo y querido, el aire está cambiando de aroma. Ya no se trata de seguir regímenes de hambre que lo dejan a uno con el humor de perros, sino de aplicar la de «comer con tiento». La tendencia que hoy impera en las cocinas nacionales es la alimentación consciente, esa que le da la espalda a las cajas de cartón y a los botes con letras chiquitas para abrirle la puerta de par en par a lo que nos da la tierra.

La jugada es sencilla pero contundente: menos químicos y más mercado. Resulta que el secreto no estaba en las pastillas milagrosas, sino en el colorido de un buen plato que combine la proteína de calidad con lo que la temporada nos ponga enfrente. Desde el pollo de rancho hasta el pescado de nuestras costas, la proteína se vuelve el eje de una batalla pacífica contra el cansancio y el malestar que provocan los ultraprocesados.

Para no perder el hilo, hay que decir que el aguacate y los frijoles han pasado de ser meros acompañamientos a ser los auténticos capitanes del equipo. Los especialistas en nutrición señalan que estos alimentos, tan nuestros como el Zócalo, son la clave para sentirse satisfechos sin necesidad de andar picando galletas a media tarde. Es un retorno a las raíces, pero con la ciencia de la mano, entendiendo que la grasa buena es combustible y no el enemigo.

No falta quien diga que comer bien sale en un ojo de la cara, pero la realidad en los tianguis dicta otra cosa. Al elegir frutas y verduras de temporada, el bolsillo descansa y el cuerpo recibe exactamente lo que necesita para el clima en turno. Esta estrategia de consumo local no solo le echa la mano a los productores nacionales, sino que garantiza que lo que llega al plato no lleva meses guardado en una bodega refrigerada.

La verdadera revolución ocurre los domingos con el mentado «meal prep», que en cristiano no es otra cosa que organizar la comedera de la semana. Las redes sociales se han inundado de videos donde los jóvenes, y no tan jóvenes, pasan la tarde picando verdura y cocinando legumbres. El objetivo es claro: evitar que, a la hora de la salida del trabajo, el hambre nos traicione y acabemos comprando cualquier chuchería en el puesto de la esquina.

En esta nueva forma de ver la vida, la culpa se queda lavando los trastes. Ya no se castiga el cuerpo por un antojo, sino que se premia con calidad la mayor parte del tiempo. El enfoque es el bienestar integral: comer para tener energía, para que no pese la jornada y para que el sueño no sea un trámite burocrático difícil de cumplir. Es una tregua necesaria entre el paladar y la salud.

Para quienes buscan entrarle a este ritmo, la recomendación de los expertos es no querer cambiar todo de un solo golpe. Empezar por cambiar el refresco por agua de fruta natural y sustituir los embutidos por huevo o pescado es un avance que se siente en las costillas desde los primeros días. Se trata de una transición amable, lejos de las restricciones radicales que solo sirven para tirar la toalla al tercer día.

Es fundamental entender que cada cuerpo es un mundo y lo que a uno le asienta, a otro lo puede poner a sufrir. Por ello, la guía profesional nunca está de más para ajustar las porciones, especialmente cuando se trata de equilibrar los carbohidratos complejos. La clave está en la variedad; un plato que parece arcoíris es, por lo general, un plato que cumple con la cuota de vitaminas y minerales necesaria para aguantar el trote diario.

Finalmente, este movimiento de alimentación consciente busca rescatar la identidad culinaria de México bajo un lente de salud. Al final del día, lo que se busca es que el acto de comer vuelva a ser un placer y no una cuenta matemática de calorías. Al priorizar lo fresco y lo natural, el capitalino no solo mejora su figura, sino que fortalece su sistema ante los embates de la vida moderna y el estrés de la gran ciudad.

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